Mostrando entradas con la etiqueta Antologías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antologías. Mostrar todas las entradas

17.3.17

He acariciado polvo de meteorito.

Cora no es como las otras.

Me habían hablado de las brujas, como a todos los niños; que eran viejas que volaban en escoba y mataban a sus gatos para utilizar sus cráneos en los rituales. Que veían el futuro en los ojos de los cuervos y comían niños una vez al año.
Y eso pensé cuando la conocí; Cora no es como las otras.
No es como sus hermanas de almas caducas y espíritu de libro viejo, no tiene ese olor ácido ni su risa suena como la ropa al rasgarse. Su magia es de otra luna, solemos decir. Tu magia es de otra luna, de una que se desliza alrededor de Júpiter, de un satélite extraño, de color violeta.

Cuando abre la boca para hablarme desde el otro lado de la cama, por el rabillo del ojo puedo ver cómo se mueven sus labios; esa fruta prohibida, jugosa, dulce, rosada, susurra conjuros a deshora que erizan mis pezones y humedecen mi sexo.
Cora fue la primera mujer a la que amé, la primera después de mí, después de ella me quiero aún más. He acariciado polvo de meteorito. Porque cuando se revuelve entre mis piernas su piel brilla como el nácar y su pelo, en punta, roza mis muslos y yo muero un poco más.

No es como si alguna vez hubieras estado viva, dice. Y se echa a reír.

Tú me trajiste de la tumba.

Solía contarles a los desconocidos que mi muerte había sido prematura y estúpida, que se había quedado mi vida anclada en la parte trasera de un tren que nunca jamás volvió a la misma estación.
Pero llegó ella y acaricié sus alas, me meció en su fuego y joder con el hielo.

Cora no es como las otras.

Cuando llega la hora de las brujas sale a la terraza y aúlla y no me importa que los vecinos le miren los pechos desde el balcón de enfrente, pero sí me enfada que ese aullido penetre otros oídos y endulce sus mentes. No quiero ese sonido en otros sueños, en otras fantasías, en otro orgasmo.
Me consuelo pensando que a las doce y un minuto cierra la puerta tras de sí y me tumba en la cama, fantasma y leyenda, y llegamos al éxtasis con una magia antigua como el viento.


Ella nunca termina los hechizos, por si acaso salen mal y me toca huir de la ciudad en mi escoba. Acostumbro a pensar que eso significa que todavía no se irá, que la fugacidad de su existencia dura una eternidad mundana, que ha venido a perdonar todos mis errores a base de caricias y risas sarcásticas.


Aquí mi participación en la antología  de mi querida While,  que ha preparado con mucho amor y magia y que merece que le echéis un vistazo. 




24.4.16

He aquí mi última llamada.

                              

Ivan Aivazovsky - Rough Sea

Entro corriendo en la habitación y oigo la puerta cerrarse a mis espaldas, he sido yo sin darme cuenta, claro, la ira recorre mi piel y envenena mi saliva. Quiero gritar pero me contengo, en su lugar enciendo el tocadiscos. Una voz de mujer inunda la habitación, me columpio en ella, tú rasgas mi garganta intentando salir mientras muevo las caderas al son de ese quejido áspero; mi feminidad apesta y se pudre bajo esta piel gris, he aquí mi última llamada, he aquí mi alma salvaje.

La música cesa un segundo y abro los ojos para encontrarme con el mar, ah, tú y tus cuadros. Puedo imaginar al artista y todos sus materiales. Por un momento estoy en esa playa plateada; veo el barco alejándose y siento la humedad del ambiente, las olas se acercan y alejan con el vaivén del mar. Imagino que es un ser racional; tiene ojos y boca y acaricia con sus labios salados mis pies. El navío sigue alejándose y pienso que bajo la cubierta yace un corazón.

Siento cómo mis manos acuden a los tirantes del vestido que cubre la herida abierta que es mi cuerpo y sonrío al recordar que mi ropa interior se ha quedado en el asiento delantero de un coche ajeno, oigo las gaviotas y respiro, te has calmado, ya no golpeas mi esternón, no flaquean mis piernas, ahora podría nadar. Pero cuando me sumerjo en el agua no es eso lo que mi cuerpo siente, son tus sábanas de satén. Tu lengua apaga las llamas que suben por mis piernas y vuelvo a reír; he aquí mi infierno y mi redención. Tu mirada oscura acaricia hasta el último resquicio de mi aullido, el océano se esconde en tus pupilas, infinito.

Beso las olas que rompen contra la piedra que cobijo en el lado derecho de mi pecho, soy la excepción que confirma todas las reglas bajo las que vive eso a lo que tú llamas humanidad.

Hacemos el arte y el sexo y no sé dónde comienza uno y acaba el otro, echo de menos con la punta de las pestañas y solo pido que alguien apague el fuego, que me dejen volver al mar. Solo pido que acaben con la sangre y me extirpen las costillas, que alguien abra esta jaula de hueso y vísceras y deje que salgas, volverme del revés y que acaricies otra vez mi sexo, que tu voz esté por encima de la que sale del aparato, que cantes y grites y te rías de la muerte que a la vida, le muerdo yo la yugular.

Que me recuerdes que somos criaturas rabiosas y el odio nos consume dentro y fuera del agua, que soy un poco tormenta y un poco calma porque la venganza o se sirve fría o caduca pronto, recordarte que este color de labios es el color de todos tus deseos prohibidos, de mi mortalidad expuesta. Que vengas y nos tumbemos al lado del precipicio, subirme encima de ti y rodar hasta caer; he aquí nuestro orgasmo.

El suelo comienza a temblar; ya no estamos en la cama, se ha borrado el mar, me encuentro otra vez con mis pasos, con el cuadro y con tu sonrisa lobuna frente a mí. Te digo que esta vez quiero ser ave carroñera que se alimente de todo lo que quise ser una vez, que abras mis alas y beses cada centímetro de piel y tinta, que bailes conmigo, que a la vida, ya le reto yo.


Agarras mi cintura y el quejido se convierte en un gemido largo y tenso, tu boca se acerca a la curvatura de mis miedos para acariciarlos y darlos de comer, me agarro a tus pesadillas como el acróbata de circo al trampolín, pero debajo de mi no hay red que sostenga mi error. Encuentro tu nombre entre mis dientes y mastico con fuerza; he aquí la bestia en la que tú me has convertido. 


Texto con el que participé en la antología de Yaiza y While

4.4.16

El sentimiento más primitivo y errático.

—Se ha terminado el chocolate —El cuerpo de dios enfermo que hay a su lado se eleva, como una pluma y una roca, todo a la vez— ¡Y el ron! 
Y ríe con malicia, él odia levantarse de la cama los sábados por la mañana. 
Su mirada es excitante, es el vino de la copa, chispeante y oscuro. Como sangre caliente deslizándose por la garganta. 
-El vicio no es bueno, querida—Vuelve con ambas cosas.— No si no hablamos de mí. 

Cabrón. 

Oyen un quejido y miran al lado de la cama, en el suelo. Una maraña de cuerpos comienzan a desperezarse y desenrollarse. Están cubiertos de los vicios de la pasada noche. Hay mentira; y odio y rabia. Hay sudor y alcohol. Hay saliva de las lenguas de todos ellos; lágrimas y sangre. 
Mina abre la botella de ron y mordisquea el chocolate. Han protagonizado una orgía de corazones sedientos de latidos, del tic-tac del reloj. Son cuerpos inmortales, jaulas de nieve; ceniza y sal. 

Dio observa a la mortal que yace en su cama, ella guarda una llama en su vientre; un fuego eterno y ancestral que le cobija por las noches y le abrasa el corazón. Ahí yacen los barcos de todos sus naufragios. Ella cobija su ego y él la lleva al éxtasis y la convierte en adicta a unas caricias prohibidas, es un acuerdo tácito; locura a cambio de algo que rompa su monotonía, algo que sostenga su eternidad. 

Cuando suena la música sus cuerpos se convierten en un ritual tan antiguo como el tiempo, dos espíritus libres. Cada uno con sus espinas, sus fantasmas. Que se elevan y claman a los Dioses la guerra; que claman la muerte, la locura, y claman la sangre caliente; el vino dulce en la copa de sus caderas. El fuego en el fondo de los ojos. 
Cuando se cruzan sus miradas la noche y el día quedan reducidos a la nada y los Dioses escuchan. El cuervo alza el vuelo, carroñero de sueños y esperanzas muertas. La rosa se marchita, el color de los ojos de él se vierte en el cuello de ella y corroe una piel virgen, casi virgen. Casi corrompida. Casi humana. Casi. 
Porque cuando él abre sus brazos, ella olvida quién y cómo, dónde y por qué, y se deja hacer el amor y el vicio, el amor y el odio. El amor y la rabia. El amor, al fin y al cabo. El sentimiento más primitivo y errático. 
Son como perros apaleados, son fieras; salvajes, indomables, sedientas y hambrientas. Furtivas, enfurecidas. Son instinto y piel, piel humana y animal. 


Los cuerpos que se mueven a cámara lenta por la habitación no son más que relleno, la guerra se libra en la unión de dos personas, en la inmortalidad de él y la mordacidad de ella. La guerra comienza allí y también acaba, sin ganadores ni excusas. Sin acuerdos de paz —sino con la promesa de más batallas—, porque ambos son vencidos y vencedores, y ambos están cubiertos de vino. 


Dejo caer por aquí mi participación en la antología Partenón organizada por While .