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12.4.15

A orillas de mis días grises.


El espacio se ha arrugado de repente, las nubes se han callado, el agua ha detenido su descenso, la gente ya no se mueve. Todo esto durante la fracción de segundo en la que tus ojos descansaron a orillas de mis días grises, en estas manos que sostienen a duras penas el bolígrafo, que se cierran y crujen.

Bum. Bum-bum.

Tu nombre pesa en este recuerdo, tus pestañas mal dibujadas en la página delante de mí. Zenda. ¿Piensas en el día en que nos conocimos?
Aquí esta ese mechón rebelde que apartaste de tu cara con los dedos, ese tamborileo, nervioso y sincero que llevó tus manos a un frenético ‘mírame, pero no te acerques. Estoy aquí, pero pronto me iré.’ Pronto te irás, y seré yo el náufrago que navegue en tu piel, sin rumbo, sin descanso posible.

Pienso en la sal de tu palidez, en mis manos recorriendo de lado a lado tu cadera.

Durante este tiempo y desde ese momento, he sido tu mirada bajando perezosa por mi rostro, por mis labios. He sido todas las vidas que lleva impresas tu nombre. Te estoy echando de menos con cada gota de sangre, con cada respiración que me mantiene con vida.

Zenda.


B-um. Bum-bum. 

8.4.15

Tal vez otro día.


—Mira tío -el pelirrojo señala con la cabeza a su izquierda, a la pista, y en voz más baja le indica.- la rubia de la falda roja.
En un lado de la sala hay una mujer bailando sola, con la melena teñida hecha un desastre, enredada. Sacudiendo la cabeza al ritmo de la canción de los setenta que hace temblar la barra. Prácticamente se disloca el cuello durante los tres minutos que dura el tema.
Hacia el final, cuando va ralentizándose, antes de extinguirse por completo, la joven alza la cabeza y se queda estática durante unos segundos, con los ojos cerrados, dejando que sus curvas se muevan lentamente.

—Tiene una cara muy rara, ¿no? –el pelirrojo no ha apartado la mirada tampoco, igual que él, ambos la miran, sin saber muy bien por qué.- como ausente y cabreada a la vez. Mira cómo mueve los dedos… Esa fijo que está pirada de la cabeza, tío, no me preguntes por qué.
El moreno ríe, y no puede parar de reír, porque la rubia ha girado sobre sus pies y ahora le mira a él, sin duda alguna, desde una distancia mucho más corta. Mucho más corta si ella me mira, piensa.
Le mira pero no se acerca, sino que le ve resoplar y volver a un rincón, sola. Siempre sola.

—Seguro que de esa podrías sacar tres novelas, y un par de polvos –joder, qué pesado…- Eres un capullo, ¿quieres dejar de mirarle ya? Ha venido sola, esas son las más difíciles. Se te pegan al culo, están desesperadas, mejor vamos a por el grupito de la derech… -el moreno no puede soportar más la monserga del imbécil con el que ha salido, así que se levanta, deja el dinero de la copa en la barra y se dispone a salir del local.

Tres novelas no sé, pero tal vez un lienzo, tal vez un poema. Tal vez el café por las mañanas… Tal vez otro día.

— ¡Adam! Joder, ¿ya te vas? –Al parecer le han seguido fuera.- ¡Pero si todavía no hemos pasado a la segunda ronda!

—No sé, tío, me duele la cabeza, será mejor que vuelva a casa. –y, aunque sabe que no será así, se le ocurre sonreír mientras dice que le llamará en otro momento.