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18.8.19

She will be loved.


Blues me quiso a su manera, lo sé ahora, no antes. A su manera hiriente y confusa me necesitó y anheló que mi ola rompiera en su orilla, pero ese momento nunca llegó, mar en calma o tempestad contenida, tal vez.

Ahora veo que las dos sonatas que tocaron en medio del concierto no me quisieron nada, pero era divertido autodestruirse conmigo, hacer de Batman y de Joker a la vez, destrozarse el hígado y morirse de celos porque yo me besé con aquella chica en aquel bar.

Jazz no me quiso, huyó mucho antes de poder sentir los primeros cosquilleos de ese sentimiento tan pegajoso. No me quería, pero ansiaba salvarme y yo me reía con la mandíbula medio desencajada, las rodillas magulladas y los músculos duros e inflexibles. Me reía con el arma en la mano y la despedida en las mejillas. Pero Jazz me vio llorar después de mucho tiempo y ese es el regalo que nos dimos mutuamente. Yo lloré y él supo qué no quería en su vida.

Ahora sé más de todos ellos que en el tiempo que estuve a su lado. Y sigo sabiendo lo mismo de mí; la boca me sabe a alcohol destilado y barato, huelo a vainilla, escucho canciones tristes; compro libros que leeré lentamente, en algún momento.
Tengo libretas a medias y hojas quemadas, hago dibujos de ojos mientras pienso en las miradas que no quiero que me intercepten. Soy adicta a las redes sociales y a los nachos con esa salsa tan mala de queso que venden en los supermercados de barrio.
Me encantan los perros y me dan miedo los gatos pero Bala es del color del carbón y tiene una oreja cortada. Granada tiene un pelaje rojizo y ladra a los señores que andan solos. Solo a ellos. Como si quisiera ahuyentar a los fantasmas que los persiguen. Sigo sin camello pero me las apaño, no debo tomar esas pastillas y ya no me las dan en la farmacia pero nadie piensa en el alijo que guardo en casa. Y qué queréis que os diga de estas heridas cicatrizadas, de las medio abiertas y de las infectadas… qué queréis que os diga si no sé qué decirme a mí.
Si ola rota y corazón varado y sonrisa afilada y ganas de. Ganas de. Ganas de.


16.1.19

Milk.

Suelo dar de comer a los gatos callejeros. Soy alérgica a los gatos, pero no puedo evitar sentir simpatía por ellos; yo también soy huésped del asfalto, también hija de los rascacielos. No busco comida en la basura, pero me siento al lado de esos hombres rancios en el bar de la esquina. Buscan compañía, pero no esa clase de compañía, una voz calmada sale de los altavoces del local, es una canción lenta. A E. parece gustarle. Balancea el vaso de whisky y mira al infinito, murmura, llevamos dos horas así, medio en silencio. No ha alzado la voz ni para pedir el whisky ni para invitarme al bocadillo. Tampoco se ha girado cuando he entrado -no como el resto de personas que están aquí esta noche. Pero sé que quiere compañía. Lo noto en los hombros, ¿sabes? Su espalda huesuda parece querer refugiarse del aire, está encogido, agazapado. Un gran bulto de cuero y tela vaquera pegado a la barra. 

A E. le duele el aliento y por eso lo cuida tanto. A mí me duelen las muñecas, he devorado el bocadillo y el vaso de leche que me ha servido la camarera. No entiendo por qué ha pensado en darme leche, quizá me parezco más a mis gatos de lo que creía; me relamo lentamente los labios. Leche fresca. 
Mi compañero de insomnio sigue murmurando, me pregunto para quién son todas esas palabras, ese esfuerzo por deslizar el aire hacia sus labios y darle forma. Los hombros se han relajado notablemente, y el whisky parece no terminarse nunca. Me quedo quieta y, sin querer, giro un poco la cabeza y doblo el cuello hacia él, con cuidado, no quiero cortar su letanía.

La voz de la radio se va atenuando por momentos y la canción llega a su fin, cuando me quiero dar cuenta tengo otro vaso de leche frente a mí. Mi alma maúlla. 

15.10.18

Quererte libre y quererme bien.

Imagino el reflejo en la pupila del cuervo; en el suelo yacen dos cuerpos y medio. 

Tengo la cabeza apoyada sobre tu pecho y las piernas enredadas con las tuyas; tu sonrisa animal calma mis nervios, tus dedos largos y torcidos son las raíces que me mantienen atada al mundo. Pero contra todo pronóstico empapo el blanco con el negro y me deshago, ahora soy polvo. El medio cuerpo es un corazón hecho de carbón que estás reviviendo con tu voz de tormenta; hay un latido lejano y el eco de mi risa.
Lloro; por fin lloro. Lloro y no quiero que te vayas, pero si ser humana es odiar tu libertad entonces seré solo sangre seca y huesos de nácar. Mi respiración se acompasa al ritmo de tus miedos, conoces ya mis heridas aunque no su profundidad, no el alcance del dolor; no hasta dónde pueden hurgar tus manos dentro de mí.

Sigo deshilachándome sobre tu piel, por fin soy consciente de ti, justo en el momento de nuestra despedida.

Quererte libre y quererme bien. 

No te vayas.

Déjame marchar. 

No te vayas.

Mi silencio va primero. 

10.9.18

Tampoco cesa mi plegaria.

He divisado un dolor agudo y sordo en el centro de tu pecho, quise creer que este fulgor sería tan solo una luz esquiva, pero es más que eso, es una reminiscencia. Se ha confirmado mi hechizo y tu pesadilla; en algún lugar de esta ciudad dormitorio hay música, en esta punta un perro aúlla desde la terraza del edificio antiguo. 
He visto esa herida lacerante sangrar y a ti arrodillarte y clamar a dioses cuyo nombre soy incapaz de mencionar. Se ha confirmado que la sangre está helada y el alma acartonada y sin embargo que existe, que existes. Existimos en el mismo plano, en la misma fracción de segundo que el rayo que nos alcanzó. En el sonido de las briznas de hierba al crecer, la mirada del búho y el pelaje húmedo del zorro que no llegó a cobijarse de la lluvia. Esta pieza de piano es también un lamento, cogida de la mano de ese aullido que no acaba, danzando tras los pasos del gato callejero. Se ha hecho real el cemento, el asfalto; la luz de las farolas. Y un poco mentira el miedo al miedo, el pánico a la ausencia. Un poco mentira que esté soñando, un poco realidad que no cesan los monstruos. Que no cesa mi llamada, tu llanto y la risa de los jóvenes al otro lado de esos edificios que se caen a pedazos. 

Doy vueltas al anillo en mi dedo y rezo y no sé su nombre, no sé quién cree en su existencia, pero tampoco cesa mi plegaria. 

27.6.18

Siren.

Seguramente no me creas jamás tras leer esto, quedará grabado en tu memoria como una vieja historia de fantasmas o una anécdota más de una vagabunda de la vida y de las calles. 
Ayer se cernió sobre mí una figura de mujer, pero con alas y con colmillos e inclusó pude adivinar una cola de sirena, lo sé, sé que es una locura y por ello lo escribo. Recuerdo cada paso que di en el día; comprar fruta, contactar con el camello, las dos botellas de ron malo que dejé en la pequeña mesa al lado del sofá. La mirada perdida de los transeúntes y la curiosa de aquellos que se fijaban en la chica de la sudadera gris. No suelo quitarme la capucha en público, eso ya lo sabes, ya sabes por qué también. 
Tal vez algún día deba escribir también de estas cosas; de mi pelo y del tacto de mis manos, del esmalte descuidado, las heridas de los dedos, los huesos de las muñecas... para cuando todo ello escape de mi cabeza como el humo del cigarro que me estoy fumando ahora mismo... para cuando todo ello no sea más que un recuerdo del mundo, una fracción de segundo en el universo, no sé, por si la vecina descubre un cuerpo vivo pero vacío, o la policía un cuerpo delgado y a medio cicatrizar. 
Ya, sé que mis paranoias nunca te han gustado, que qué peliculera, que qué drama. Y llamabas tú al camello, es que el tuyo te da algo que no sé, tía, parece que te atonta. 

Ayer, después de comer manzanas y beber ron me fui a la cama. La figura apareció después, yo aún estaba despierta, mareada, con el sabor ácido todavía en la boca. Ella cruzó en un suspiro el espacio que le separaba de mí, me agarró de las muñecas y pude sentir su aliento en el hueco de mi cuello, debajo de la barbilla, justo entre las clavículas. Es tan exacto que aún hoy me estremezco y me llevo la mano a esa zona. Solo hizo eso, olerme, o quizá, no sé, ¿Meterse en mi cabeza? ¿Bucear en mi sangre? 

Te juro por tu madre que he cambiado de camello, que aquello tenía cola de sirena, que no me invento las alas, o puede que sí, puede que simplemente me cegara la oscuridad que emanaba de aquella criatura. ¿Que cómo sé lo de los colmillos? Algo me rozó y no era húmedo. No era como tu lengua acariciando mi sexo o mi labio inferior, no eras tú mordiéndome el lóbulo, era otra cosa. Te juro por tu madre que aquello eran colmillos. 


Vas a odiar que mente a tu madre, lo haría con la mía, pero me parece mal jurar sobre una persona a la que odio tanto, ¿Qué valor tendría? ¿Qué valor tiene para un ateo jurar sobre Dios o sobre la Virgen? Son palabras vacías, vanas. 

Hoy es el agua quien me acaricia, quien me asfixia. A estas alturas pensarás que estoy flipando otra vez, me es indiferente, francamente. Es un tacto suave y fresco y creo que por eso he decidido rendirme a la falta de oxígeno y simplemente fundirme con ella. Dejo que me abrace y me bese y esto sí es húmedo. Y mientras no dejo de pensar en ella, ¿Cuándo volverá la sirena de fuego? Y bebo ron y marco el número del camello, no quiero quedarme sin munición antes de caer desmayada por la falta de oxígeno, ¿Qué haría si no, al despertar? 

28.6.16

Running with the wolves.



Cuando me levanto veo a Rain con una taza en las manos, un líquido rojo con olor a fruta. Imagino la bebida deslizarse por su labio inferior, a lo largo y ancho de su lengua, por su garganta... Como mi sangre cuando muerde por las noches. 

-¿No vienes? 

Su colmillo se posa donde hace un momento estaba el borde de la taza y su sonrisa corre las cortinas; la luz plateada de la luna entra por la ventana e inunda el colchón. 
Veo mi piel blanca hacer contraste con las sábanas negras, la larga cascada de color rojo que cae sobre mis hombros. Levanto la vista para contemplar las motas de polvo de millones de colores que flotan por el aire. Y oigo su risa tintinear al otro lado de la habitación. 

-Se te va a enfriar el té. 

Quiero decirle que me importa un comino ese líquido que bebe a todas horas, que quiero sexo otra vez. Que anoche lloré y dolió mil veces, pero que bese, por favor, besa, esta sonrisa de muerta que adorna mi rostro. 
Entre sus pechos y los míos existe el abismo que separa el latido del momento justo antes de morir, he caído ahí mil veces, por ella, con ella, tras ella. Su mano acaricia el centro gravitacional de todos los apagones de las grandes ciudades, mi gemido se convierte en la llamada a la madre de las bestias, la seña de identidad de la misma. Soy más bestia que humana, eres más cadáver que todas mis pesadillas. 
Abro su pecho en canal y salen volando las polillas, su pelo del color del mar por la noche acaricia mis pezones, que se erizan y bailan con los druidas, con sus dedos, con su lengua. 
Llamamos al bosque a gritos de orgasmos salvajes y la lluvia azota nuestro clímax, el viento recoge toda la maldad que Rain esconde bajo las uñas. 

-No quiero beber nada, gracias. 

Las campanillas vuelven a sonar, me pregunto dónde guarda esa dulzura que sustituye a la macabra risa de bruja que sale de sus cuerdas vocales cuando le hablo de mis miedos. Cuando le digo que temo el día en que use toda su fuerza y todo su poder contra mí, sobre mí, por y para mí 

Se levanta y viene, el salto de cama ondea con sus pasos, tan grácil como una bailarina, tan salvaje como una pantera. 
Es todo tan normal y extraño a la vez que cuando su piel toca la mía se oye una explosión, la sangre corre al encuentro de su boca y mis extremidades hormiguean pensando en su tacto. 

Dueles como nadie. 


(hoy me prometo que algún día todos estos personajes tendrán su historia)

6.2.16

Mármol sobre mármol.


Te veo ahí tumbada, blanco sobre blanco, el mármol siendo amante del mármol. Este palacio está sucio detrás de la sombra de tu presencia. Pienso en tu sexo y en tu risa, pienso en  tus pechos mientras acaricio los míos y pienso en tu dentellada y en mi piel caoba. 

Me agacho y te huelo, el carbón se esparce a mi alrededor, tu melena es como el lago del bosque en el que hicimos el amor por última vez. Acerco mi boca a tu oreja y te susurro cosas sucias, le susurro cosas sucias a tu cuerpo inerte y carente de vida. 
Hueles a ron y a pesadillas. Tus labios son morados, casi negros; ¿ha sido siempre tu boca del mismo color que tu alma? Y río alto, fuerte y cobarde, no sé la respuesta. Pero es que yo de ti no sé nada, ¿verdad? El silencio nos oprime a ambas, el cuervo observa desde lo alto. Todo es tan blanco, tan ausente... 

Me acerco a la curva de tu hombro y lamo tu piel, estás tan fría que vuelvo a reír; podría mi lengua quedarse pegada a esta superficie marmórea y sería quizás el mayor ridículo de mi existencia. Estarás partiéndote allá donde se encuentre tu espíritu. 

Estoy lamiendo un cadáver. Cadáver. Cadáver, cadáver. Tal vez si lo repito mi cuerpo pare de interpretar esta maravillosa función. Sabes a muerte y a vida; qué es la vida sin la muerte, ¿no?

Estoy haciendo arte, joder, ven y sálvame. 

3.1.16

La bala oxidada de mi lengua.

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Tengo la cabeza separada del cuerpo. Lo sé porque esa caricia no es mi caricia, ese baile en los dedos no sale de mi lengua. Los besos que te debo no están ya en mí. Mueven estos hilos y parece que estoy montada en el minutero y corro a la vez que el tiempo, que arraso con lo que veo, con lo que siento. Igual que los años, uno y otro, y otro... 

Estoy torpe, tan torpe que rompo el aire y rozo mis rodillas y las palmas de mis manos. Mis ojos ruedan sobre sí mismos, eso le digo a mi historia. Oh, piérdete... solo piérdete. Déjame con la música y el vodka y este pelo rojo y en punta, con estas llamas azules y este alma maldita. 
No funciono. No funcionas. No funcionamos. Esa letra es la de una desconocida, esa piel... ese sexo, ese orgasmo. Ese suspiro... caigo rendida a los pies del invierno, de un invierno caliente, húmedo y gris. 

El pelo me huele a champú, la bañera se tiñe de rojo, es mi sangre y la de mi madre y la de todas las mujeres que antes fueron flores, que se convirtieron en espinas. El tiempo me vuelve áspera y me agrieta, el tiempo estruja este músculo cansado y coge lo que hay en mis venas para convertirlo en polvo. 

Me preparo para hablar de ti con la bala oxidada de mi lengua y la tristeza de mis ojos. Piérdete. Piérdeme. 

8.11.15

Miradnos.

A esa ventana ya no se asoman más que criaturas esqueléticas con cuerpo de carbón. Su presencia es húmeda y amarga como los posos de café que descansan en el fondo de la taza. 

Al final del pasillo los restos de un hombre gritan y patalean, intentan sujetarlo pero la fiera se ha soltado de sus cadenas y amenaza con acabar con todos. Abre la boca y sus dientes parecen capaces de arrancarte el alma de una dentellada. Sus dedos se engarfian a los brazos que intentan enjaular su espíritu, los brazos que intentan enjaular la jaula de músculo y piel en la que nació, en la que su recuerdo se extingue en la sangre y en el pensamiento. 

La niña de la esquina tiene las uñas negras, no ha parado de arañar -no sé muy bien el qué-, en toda la noche. Quiere huir. Sus piernas tiemblan igual que las patas de un gorrión. El frío cala sus huesos, el frío sale de ella y congela toda la habitación. Tiene los ojos negros y el pelo lacio y abundante, negro también. En su mirada está el muerto, en su piel los rostros de los asistentes al funeral, su llanto es la marcha fúnebre. De ella también sale el silencio que nos envuelve, por encima de los gritos del hombre, por encima de la voz de mis pensamientos. 

La mujer rubia habla para sí misma al lado del radiador. Intenta proteger el hilo de cordura que le queda, pero es imposible. Aquí, le digo, es imposible. Tiene el pelo rubio pero no como el sol de verano, más bien como la luz blanca de un amanecer en enero; fría, impersonal. Desprovista de alegría y calidez. Con todo es lo único que salva la estancia. Miro atento su cabellera rapada, los rasgos afilados y los labios finos que se mueven incesantemente. 

Los gritos, el frío, el silencio, la esperanza. Me llegan pequeños fragmentos de las personas que alguna vez fueron, de las que siguen siendo, del polvo que serán. 
Giro la cabeza y observo por la ventana, hacia la gente que camina apresurada sin conocer nuestra existencia. 
Miradnos, quiero gritar, aquí está la humanidad, en realidad. Ahí abajo la suciedad, la infelicidad, las mentiras. Parad un segundo la maquinaria y pensad, no quiero imaginar cuántos seréis capaz de decir libremente que sois felices. 

Pero claro está, nadie me oiría por mucho que alzase la voz. 
Dibujo una sonrisa, una mancha en realidad, una mancha encima de otra mancha gris, la de mi cuerpo, la de mi rostro. 

¡Miradnos! 

25.8.15

Aún quedan comienzos.


Sé que vuelves cada noche después del trabajo, vuelves a casa y para entonces yo también estoy ahí. En el sofá rojo, tu color favorito. Firme pero mullido en las zonas indicadas. Vuelves y descorchas la botella de vino, vino de Oporto importado de Portugal. Vino blanco, dulce, como a mí me gusta. 

Sé que te descalzas y te imagino al borde de la cama; no sabría decir si es más suave el tacto de las sábanas, la piel de tus muslos, la de tu cuello o la de tus manos. Pienso en ti, mi tierra firme. Y entonces me asalta un recuerdo; tu sonrisa frente a mí, hablas de hechizos y brujerías y yo no me creo nada Yo ya no creo en nada nunca. Pero eres tú y escucho. Dices que hay una Diosa en el mar a la que le gusta recibir regalos. Das tres saltos hacia atrás, dices mientras gesticulas con las manos, entonces pronuncias unas palabras y depositas la ofrenda en el agua ¡Así de fácil! Me pregunto si puedo depositar yo también un regalo en tus orillas, en tus aguas. 

Me cuesta ser feliz, me cuesta darme la oportunidad de serlo. A mi alrededor todo es ceniza y parece que no hay viento capaz de llevársela toda, pero me soplas al oído, juegas con mi pelo y admito que a veces se me olvida que la lluvia puede al fuego. Le has ganado la batalla a mis tristezas y a esa ebriedad que a veces me asalta, ese batir de alas tristes que me mueve la sangre, no es nada comparado con el pensamiento de que tú vas a cruzar esa puerta. Y comienzan a moverse los engranajes, aún queda esperanza, me digo. Aún quedan comienzos. Y te llevas como regalo todas mis sonrisas, le quitas el polvo a los recuerdos buenos y me cuentas tu día en nuestro sofá, y ya no sé si es el vino lo más dulce o si lo son tus labios de sirena, fríos para mis quemaduras.

Me doy cuenta de que creo en ti como toda magia posible, en esa sonrisa blanca como espuma de mar.

6.7.15

Una mattina.

El prólogo de esta historia son las risas, las risas y el arrepentimiento. Las risas, el arrepentimiento y el odio hacia uno mismo. En concreto es tu odio, tu propio ácido, vertido sobre tu piel, sobre tus órganos. Vertido por ti. 

No todo tiene que ver con tu cuerpo, pues crees que hay cenizas en las esquinas y sombras en las paredes. No todo tiene que ver con tu cuerpo, pero te encoges cuando mi mano pasa por las marcas de tu vientre. No todo tiene que ver con tus rodillas pero sé que adoptas cualquier postura que me impida ver lo que tú crees que está torcido. Lo que tú crees que no es digno. 

Claro que, ahogada por el miedo a enseñarme tu risa y el hueco de tus dientes, no te das cuenta de que todo esto pasa, no inadvertido, pero sí casi invisible, ante mis ojos. Que donde tú ves errores yo veo la gracia de tus imperfecciones. Bueno, de tu humanidad. 

Quería escribir sobre las últimas horas ahora que ya no estás, ahora que hay un solo de piano en mis oídos y tu olor aún reposa en mi camisa. 

Quería escribir que no hay mayor ternura que mi mano recorriendo suavemente tu costado izquierdo; pintando flores en la redondez de tu pecho y saber que la piel de tu espalda se eleva y baila, que tus alas mecen tus gemidos y mi respiración irregular. 
Quería hablarte del mar que se encuentra a la altura de tus costillas, de tu gesto de niña cuando mis dedos crean mapas en la línea de tu cadera. 

Quería hablarte del cielo encapotado que cubre mis días y de cómo la lluvia limpia y desinfecta cuando traes tú las tormentas. Que tu risa, tu gemido, tu grito y tus enfados, son las leyes que me he saltado durante toda mi vida, que la condena es tu color triste y tu ausencia en estas estúpidas noches en vela. 

Al final no he escrito nada porque esto son solo pensamientos fugaces; se escurren como el agua entre los dedos y apenas logro alcanzarlos y sentirlos en mi mente. Pero sobretodo quería que supieras que no existe la perfección porque habría que definirla, y a ti es imposible definirte del todo. 

14.4.15

Tóxico también es tocarte.

Hay algo de bello y de suave en la forma que tienes de fumar. 
Algo de enfermo y gris en la forma que tienes de sostener la muerte entre los dedos. En los labios fruncidos sobre el cigarrillo, de inhalar el humo y las sustancias que ennegrecen tus pulmones. 

Algo de sexo en la forma despreocupada de enfrentarte al abismo, de ese latir caliente y acompasado de tu pecho, de esa mirada de viejo y ese vientre de joven. Hay algo de miedo en cada hueso sostenido por el destrozado colchón, algo de amor olvidado en la sonrisa de flor muerta que le enseñas al mundo a través de la ventana. Hay algo de pena en el fondo de tus ojos, y en los escondites que forma el relieve de tu espalda.

-¿Qué haces?

Hay algo de tóxico también en tocarte, en ir escalando por tu esternón, en arañar tus piernas y contener tu odio en mi lengua, tanto, que no me hace falta engancharme a nada más que a tu pelo. 


16.3.15

Querida Reina del desastre.

Creo que ya no queda ningún espacio para ninguna herida rezagada en este cuerpo sonámbulo, creo que, de un momento a otro, irán cayendo uno a uno los pedazos que, milagrosamente, siguen sosteniéndolo.
Iba a decirte que no sufras, que todo llega. Que todo sana, que todo pasa. Que el tiempo, gracias a Dios, o al karma, lo curará todo, y lo pondrá en su lugar. O que la jodida ficha del dominó que le sigue a este desastre, ha decidido caer del revés. 

Pero eso sería pedirme demasiado. 

A cambio te diré que vas a encontrar un tono de gris más claro que el que te envuelve el corazón y te rasga el alma, y que cuando lo encuentres, sonreirás, con esa mueca de loba hambrienta que amenaza con destriparme cuando me acerco más de lo debido. 
Te diré que para Reina del desastre ya estás tú, y no ese intento de sofá hundido en el centro. Que se encuentran monedas de oro en tu lengua, y motivos para estrellar botellas en cabezas ajenas, bajo tus uñas de arpía. 

Que tu pelo es un manojo de vida, de hojas muertas y ramas, porque te has escapado del bosque más oscuro e impenetrable de todos. No sé, iba a decirte que, puestos a ser, podemos ser de lo peor que ronde por aquí, que puedo seguirte hasta que decidas poner un punto y final a esa locura de vida que llevas. Que incluso puedo dejar que me inundes los oídos con tu voz, o hacer que aniquiles mis emociones con tu orgasmo.
Podrías dejarme, podrías dejar que me quede contigo para que puedas destrozarme, destrozarte, y destrozar el aire que nos rodea, tú sola, tan potente como una tormenta de verano, así de salvaje, así de rota.